jueves, diciembre 31, 2015

Vistazo Crítico 137: Tribu Candy de María Isabel Vargas.



TRIBU CANDY de María Isabel Vargas

En las últimas dos décadas, ha existido un agudizamiento de una cierta idea de retorno a las fuentes originarias sobre todo desde perspectivas decoloniales que han planteado nuevas estéticas. Postura políticamente correcta que plantea serios problemas desde una perspectiva híbrida y mestiza acorde a nuestros tiempos, donde los esencialismos identitarios generan gethos ideológicos. Esas búsquedas a los orígenes son realmente problemáticas, tanto en términos políticos como plásticos, tal como lo han planteado Silvia Rivera Cusicanqui, Gerardo Mosquera y Nicolas Bourriaud entro muchos otros; este último afirma que “los orígenes son fuente de fundamentalismos”[i], lo que ha generado incomprensiones y tensiones de orden religioso, étnico, sexual, etc.  Desde esta perspectiva, el trabajo de María Isabel Vargas, asume una postura crítica e irónica reinventando una tribu donde las identidades se trastocan con maquillajes, collares y atuendos que recuerdan pasados pueblos y los actualiza de manera radical insistiendo en esa complejidad de las identidades rígidas. Además esa tribu tiene una particularidad: es dulce.


La exposición que la artista presentó durante el mes de octubre en la Fundación AP-ARTE, dentro del programa de artistas emergentes Experiencias Aparte,  consiste en una serie de fotografías y cuadros de personajes que ya hacen parte de esta nueva tribu, donde el  dulce y el caramelo endulzan hasta el empalagamiento la búsqueda incesante de la identidad dentro de esa cultura postmoderna que tanto manoseó la noción del Otro.  El otro surge aquí construido, maquillado y retocado y quizá exotizado. Las fotografías son el resultado de una acción plástica mediante la  cual la artista acoge voluntarios que desean hacer parte de esta nueva tribu: vitrinas donde reposan, dulces de todos los colores y sabores, cuelgan de la pared de la sala de exposición, haciendo compleja la instalación. El maquillaje es sugerido por cada rostro sin importar el color de la piel, ni la edad y muchos menos el género: valores estos fundamentales dentro de la búsqueda identitaria de la postmodernidad decolonial.


La artista nos dice lo siguiente sobre su obra: “Tribu Candy indaga sobre la experiencia de lo primitivos en el individuo contemporáneo. Con esta indagación pretendo hermanar dos polos aparentemente opuestos: la banalidad del consumo y lo trascendental del individuo que afirma el sentido de su existencia a través de actos rituales simbólicos”



En este sentido su obra insiste sobre un cierto anacronismo donde "lo primitivo" se actualiza en una contemporaneidad extremadamente compleja: el consumo insiste la artista, en este caso el empalagamiento del dulce que se posa en la piel de los nuevos integrantes de la tribu, genera una tensión con los aspectos rituales más profundos existentes en todos los individuos actuales.

Con esta obra no puedo evitar pensar en el Cándido, o el optimismo (1759) de Voltaire donde, la inocencia y la ingenuidad asociado a lo dulce, hacen que sigamos insistiendo en “que todo sucede por que sí”, en este “el mejor de los mundos posibles”. La dulce tribu de María Isabel Vargas hace que nos interroguemos sobre esa eterna adolescencia donde la búsqueda de la identidad sigue preguntándose infructuosamente ¿de dónde venimos? ¿quiénes somos? como si la respuesta nos fuese a saltar a la vista.



El nuevo pueblo se ha reinventado a través de un “ritual simbólico” que pone a dialogar el pasado con el presente; un pueblo caramelo, una Tribu Candy que nos endulzará la buena conciencia de aceptación del Otro, recuperado, reivindicado, salvado pero sobre todo construido e inventado. El universo es dulce en la obra de María Isabel Vargas: esta sabor abre una reflexión sobre todo en nuestra época, en que las restricciones médicas nos impiden disfrutar de los dulces y sobre todo nos mantiene empalagados con esa eterna y controvertida búsqueda de las identidades.


Otro aspecto que merece resaltarse en la obra de María Isabel es el de la pintura donde el juego como el de Candy Crush es fuente de inspiración. En la exposición existía un rostro pintado tomado de esa tribu de la que hemos hablado, y en el estudio de la artista hay una serie de pinturas de gran formato que están desarrolladas sobre este universo del dulce. Los dulces dejan de ser devorados para ocupar nuestro universo imaginativo donde la pantalla se convierte en el nuevo escenario de representación. Las telas de María Isabel tienen esta virtud de recrear este imaginario, donde los colores y las formas del mundo sintético generan una nueva estética. Una obra que se inscribe dentro del universo del neo-pop cobra mucha fuerza aquí. En la sala cuelga de la pared la palabra DIVINE escrita en caracteres propios del mundo publicitario. Queda instalado un dispositivo donde el mundo dulce contrasta con el mundo amargo en el que parece que estamos inmersos. 

María Isabel Vargas es sin duda la artista revelación del 2015 y nos dará mucho de que hablar en los próximos años. 

Ricardo Arcos-Palma
Bogotá, octubre-diciembre del 2015.



[i] Nicolas Bourriaud “Contra la postmodernidad” entrevista realizada por Ricardo Arcos-Palma. http://www.artishock.cl/2013/09/02/contra-la-postmodernidad-y-la-cuestion-del-origen-entrevista-a-nicolas-bourriaud/

domingo, diciembre 13, 2015

Vistazo Crítico Transversal 33: Dioscórides: El diablo de Tarot



“Toño, retoño, mató a su mujer, con un cuchillito más grande que él,
sacó las tripitas las puso a vender, con esa platica compró otra mujer”.
Canción de cuna

El diablo de Tarot

Dioscórides

Cuando Tamara Zukierbraum, de Galería Mundo, me invitó a que dibujara mi versión de una carta del tarot de Marsella para el proyecto Tarot de artistas-Jugadas del destino pensé que podría elegirla a mi gusto, pero no fue así. La jugada estaba en marcha. Los demás artistas participantes se habían reunido para cruzar destinos, escogieron sus preferidas y partieron dejando abandonado al pobre Diablo en un rincón de la galería en las Torres del parque. Contra toda recomendación, yo me lo apropié encantado, pues, aparte de su energético significado adivinatorio, el diablo me traía buenos recuerdos de la infancia y de un laberinto oracular.


Una noche de luna llena, mi madre me contó la historia de Hortensia La malhablada, una niña crespa y bonita pero grosera y desobediente que vivía en las tierras cafeteras de Salento. Sucedió que un viernes santo ella se negó a hacer un mandado y roja de la ira insultó y escupió a su santa madre. Huyendo del rejo de castigo corrió hacia el cafetal pero cuando atravesaba la mitad del patio la tierra se abrió y el diablo se la tragó hasta las teticas. De la tierra salió vapor de azufre, ruidos de trinchetes y cadenas, y los chillidos infernales de todos los diablos. De nada valieron los exorcismos del cura ni su agua bendita; al contrario, después de un avemaría cantado en coro el diablo se emberracó y se la tragó hasta el cuello. Su padre, para quien Hortensia era la niña de sus ojos, se tomó un aguardiente doble, sacó el machete y espantó al cura y a los mirones a planazos, se santiguó y de un solo golpe le cortó la cabeza a Hortensia para que el diablo no pudiera llevársela toda; el hombre pensó que el sacrificio y el dolor del degollamiento salvaría al menos su alma. Hoy día, y de esto puedo dar fe, la cabecita de Hortensia deambula por las ferias de pueblo metida en una pequeña cajita de madera con forro de satín adornada de claveles de plástico, cumpliendo la misión de adivinar, a viva voz, la buena y la mala suerte a las almas caritativas que la ayuden con una monedita para comprar las galletas de soda que es lo único que come. Su pálida testa es un ejemplo de como midiosito castiga la desobediencia para con los padres, pero también es una prueba de sus milagrosos designios.

Para esa época, el diablo aparecía en remolinos de viento y se llevaba por los aires a las mujeres malas. A los borrachitos se les atravesaba en el camino en forma de furioso perro negro con la geta llena de tizones encendidos y los hacía cagar del susto y caer desmayados. Dicen que le gustaba llegar muy cachaco y varonil a las orgías pero cuando le descubrían el rabo abrazaba a los que podía y se alzaba con ellos derechito a los infiernos. El rey del despecho, con palabras ajenas, le cantaba al diablo así : “Quisiera ser el diablo salir de los infiernos con cachos y con cola el mundo a recorrer; llevar en mi carrera mujeres mal casadas y viejas habladoras a los infiernos a arder. ¡Si no te arrepientes vieja, te juro que te pesa, te cojo de las mechas y te arranco la cabeza!”. Parece que el diablo se ensañaba con las mujeres porque necesitaba aumentar el personal femenino en los infiernos; mañas que le enseñó la inquisición. Pero nunca se llevó a los Toños, que aprendieron a hacer maldades a las mujeres animados por esta canción de cuna: “Toño, retoño, mató a su mujer, con un cuchillito más grande que él, sacó las tripitas las puso a vender, con es platica compró otra mujer”. Y no alcanzó a escuchar al niño de la calle que cantaba esta canción en el atrio de la iglesia del 20 de Julio: “los pastores de Belén vienen a atracar al niño, la virgen y San José lo defienden a cuchillo”.

Desde muy niño, el diablo perdió poder en mi imaginación cuando me di cuenta que mi padre lo cargaba siempre en el bolsillo del pantalón. Su rostro rojo y sonriente estaba en la caja de fósforos El Diablo, que acompañaba siempre la cajetilla de cigarrillos Pielroja. A mi padre no se lo llevó el diablo, lo flechó la nicotina y se fue derechito al cielo de los católicos.


Cuando apenas tenía la edad de la razón, conocí a dos vecinos que habían hecho pacto con el diablo: Arturito Cascabel, quien contaba que tuvo que degollar un gato negro en el cementerio, beber su sangre y darle un beso en el rabo al macho cabrío para sellar contrato; el malicioso viejo prometía encomendarme a su patrón para que me salieran rápido los pelos en las guevas y tuviera suerte con las mujeres a cambio de algo de mercado. Y la bruja Margarita, que tenía figura de hechicera de cuentos infantiles y se ganaba la vida leyendo el naipe y el tabaco a vecinas y señoras de dedo parado; en su altar de santos mamarrachudos, muñecos con alfileres y manos poderosas, le encendía velas de cebo al diablo para que hiciera caer a los hombres entre las piernas de sus clientas. Yo, aún sin pelos abajo, andaba detrás de la hija de Margarita deseando cometer el pecado mortal, y me protegía del diablo con una medallita de lata. Pero solo vine a caer en ese delicioso pecado muchos años después cuando perdí la medalla.
En la pared de la tienda de doña Jacinta había una lámina de graficas Molinari que ilustraba el camino del bien y del mal. Si no recuerdo mal, el camino del bien era destapado y con guijarros, rodeado de pobreza, sacrificios, buenas acciones, vida contemplativa y decorosa, y conducía al caminante a un cielo de nubes blanditas donde era recibido por ángeles y arcángeles. El camino del mal era adoquinado, lujoso, animado con parrandas y lujurias, robo, traiciones y asesinatos, y llegaba derechito al infierno donde una legión de diablos atravesaba los cuerpos de los pecadores con tridentes y los fritaban a fuego alto en grandes pailas. Doña Jacinta advertía que tarde que temprano a todos nos llegaba la hora de arrepentirnos y coger por el buen camino.

Hasta mediados del siglo pasado el diablo andaba suelto. Después la iglesia lo amarró de una pata, hasta que llegó un Papa que le canceló el contrato de tentar y borró para siempre el negocio caliente del infierno. Solo quedó su imagen cachuda usada en películas de exorcismos, canciones de metal, tatuajes y artesanías para jóvenes, en el escudo de un equipo de futbol, en el tarro del diablo rojo para destapar cañerías, y como símbolo de las fiestas de Riosucio, un carnaval de arrecheras donde todos rumbean, liban y hacen el amor alrededor de un inmenso diablo escarlata de papel maché.

Bueno, y sigue presente en la casa de mi paisano, el poeta Pereirano Héctor Escobar apodado “El diablo”, llamado por la logia el “Papa Negro”, quien renegó de Dios y maldijo al descuidado ángel de la guarda que permitió que le cayera un baldado de agua sucia sobre su vestido blanco el día de su primera comunión. Desde entonces juró ponerse al servicio del ángel caído y administra con imaginación y creatividad el templo satánico. “El diablo”, un esteta esotérico que tira las cartas adivinatorias a políticos, negociantes, reinas de belleza y secretarias, tiene allí un altar que preside la cabeza barbuda de un macho cabrío disecado, que mira a todos con ceño fruncido y brillantes ojos negros de vidrio. Debajo de la mesa, donde reposan la biblia satánica, el cáliz y la espada de cobre, encerrada en un baúl, junto a un viejo ejemplar del Grimorium Honorii Magni, guarda la mayor colección de imágenes en bulto de Satán. Y también una pequeña caja donde tiene “el esqueleto del diablo” los huesos de la cabeza de una serpiente, 15 piezas que al ser ordenadas forman la figura exacta de un Bafometo. Allí mismo oculta una estatuilla tántrica tibetana de bronce, robada por uno de sus devotos de un monasterio en la India, que tiene enrollada en su interior una xilografía con el Sutra de los tres orificios, texto de magia sexual de los monjes budistas, mismo secreto que guardan también entre las piernas los diablos de todos alquimistas.

Cuando llegué a estudiar bellas artes a la Universidad Nacional conocí los diablos de esos alquimistas, y entre rosacruces, gnósticos, krisnas y caminantes del Cuarto camino, descubrí imaginerías medievales y misterios orientales, aprendí magias del cuerpo, barajé tarots, y jugué con runas, calendarios y diversos oráculos; todas cosas del demonio, como decía mi tía mientras pasaba con el pulgar las cuentas de la camándula. Durante las mil y una noches que viví en China, y cuando subí al Tíbet, conocí el tantra a que se refería el poeta, y aprendí los ejercicios básicos de movimiento y respiración para moverme en los cuatro lados del círculo del yin-yang, y convertir el agua de los dragones en el fuego de la alquimia taoísta.

Montado en la serpiente que se muerde la cola regresé a Colombia para incitar a mis estudiantes de dibujo a abrir las puertas de la intuición, la imaginación y la creatividad, y para que iniciaran su viaje simbólico. Así, cada semestre, entre figuras de yeso y modelos desnudas, dibujábamos un tarot personal, tirábamos al aire las monedas del I Ching y al piso los cauris. Algunos todavía siguen el camino marcado por las cartas y los hexagramas. En esta  exposición estará  uno de ellos, Eva María Celín con su carta de Los enamorados,  quien adivina imágenes en su álbum familiar y las pinta con hermosos colores de nostalgia.  En otro lado camina Daniel Molina Sierra, quien con el espíritu del Loco se fue para Finlandia empujando una inmensa  bola de tela y ahora  expone en Helsinki su propio tarot bajo Nubes de arroz. Y Adriana Rojas que hace pocos días,  imitando su Colgado del tarot en una performance de la maestría, se colgó  del zarzo  con un arnés para hacer cabeza abajo una receta de huevos fritos arrojándolos desde la altura a una paila con aceite hirviente.

Un día del mes de los cucarrones, Enrique Vargas, director del Taller de investigación de la Imagen Dramática de la Universidad Nacional, quien junto a un grupo de alucinados se inventó el laberinto oscuro del Hilo de Adriana en los sótanos del Auditorio León de Greiff, me propuso hacer una versión del tarot de Marsella para una nueva obra que se llamaría Oráculo. Entonces diseñé los arcanos mayores, el vestuario, y la escenografía para las 22 cámaras del lóbrego laberinto, un recorrido performático donde las cartas se convertían en escenarios surrealistas adivinatorios. Allí habité dos cámaras; en una era el viejo Eremita que cuidaba el fuego oracular, en la otra el ángel de La templanza con unas alas de pelo cubiertas de harina de trigo. El diablo era una mujer-hombre que engañaba con vino, perfumes y caricias a los visitantes y les estampaba híbridos besos rojos. Esa mujer, desapareció extrañamente del laberinto dejando un corazón tallado con navaja sobre la mesa y tres gotas de sangre.

Con este Oráculo, que se inauguró con éxito en el Festival Iberoamericano de teatro de Bogotá, nos fuimos de gira por Italia y Eslovenia. En un castillo de Archidosso, en un viejo monasterio de Módena, y en el frio sótano de una abandonada fábrica de luz de Eslovenia, un centenar de soñadores trabajamos durante meses en este “tarot viviente” hasta que los misterios de la oscuridad y las energías desatadas entre el público y los habitantes dentro del laberinto -que abríamos desde temprano y cerrábamos a media noche- nos acosaron el cuerpo y el espíritu. De nada valió el taichí, los riegos de yerbas y sahumerios, ni los soplos de limpieza que hacíamos cada día para aliviar las mentes y espantar las apariciones. Finalmente, durante una presentación, el diablo le metió fuego al laberinto y la gira terminó, a pesar de la demanda del público y la doble oferta salarial de los productores. Enrique Vargas nunca regresó a Colombia porque fue condenado a construir un nuevo laberinto de Módena y a inventarse otros en Madrid y Barcelona, donde ahora mismo habita y da vueltas a la Rueda de la fortuna con sus muchachos del Teatro de los sentidos.

Cuando llegó el momento propicio para hacer esta carta, desempolvé los bocetos del Oráculo, pero también escogí imágenes de Diablos de varios tarots, incluido el de un tarot gitano y el de James Bond, para que me acompañaran. Armé sobre la mesa una pequeña escenografía kitsch, con un duende y un Merlín de pasta, dos dragones de piedra de sello chinos, unas tijeras de hierro, un compás de acero, y un cuenco tibetano de bronce sobre el que encendí una esperma. Mientras trazaba a lápiz los bocetos quemé varias velas para animar al diablo de la imaginación a colaborar con la carta. Agregué al dibujo las serpientes como símbolo de energía sexual, y las llamaradas porque un diablo sin candela no se amaña; pero también en recuerdo de las llamas del purgatorio donde arden las ánimas benditas que había en mi casa.

Gracias al grafito del lápiz, el diablo apareció como un hermafrodita de piernas manchadas. Entonces lo dibujé con tinta china e hice unas copias. Un domingo en la noche, empecé a meterle colores vivos desde la cabeza a los pies. Pero estaba tan concentrado pintándole de rojo las uñas a sus patas azules que no me di cuenta del momento en que el fuego de la vela incineró el dibujo hasta los hombros. Silenciosamente, sin llama ni humo, la cabeza del Diablo se convirtió en ceniza; sólo quedó un fragmento de cuernos chamuscados. No resultaba extraño pues era 11 de septiembre y durante todo el día la radio y la televisión le habían metido candela diez mil veces a las Torres gemelas para celebrar el décimo aniversario de la quemazón. Asombrado, tomé una foto, reuní con cuidado las cenizas y las guardé en una caja de fósforos. Preguntándome qué querría decirme el Diablo con esta auto combustión, metí el dibujo acéfalo en una carpeta y volví a empezar. La respuesta que sonó en mi cabeza era la propaganda de otra caja de cerillas, “Fósforos el El Rey, nunca pierden la cabeza”.


Al día siguiente, mientras dibujaba, el gallo de pelea favorito de un vecino, saltó a mi predio y con la espuela le arrancó la cabeza al gallo manso de la casa y dejó viudas a las gallinas saraviadas. En la solitaria riña, resultaron los dos gallos degollados y se desató una ira de mil demonios. Ante esta tragedia de pescuezos recordé la advertencia de los fósforos sobre no perder la cabeza. Así lo hice y seguí dibujando, pero desde el otro lado me cayó sobre la espalda un reguero de plumas y la amenaza de puñales del gallero. Después apareció una mancha roja contra el muro. Cosa de brujas, dijo el hombre que ordena las vacas en otro potrero. Y recordé el dibujo de una bruja que presté para la carátula de una edición de Los cortejos del diablo de German Espinosa.

La bruja Rosa siete sellos, quien anda con una gallina bajo el brazo y adivina el destino en huevos de doble yema, dice que no hay nada que temer pues “el diablo lo llevamos todos dentro, y hay que tentarlo para que nos entregue su energía luminosa y usarla de forma creativa”. Una semana después, El Diablo tenía el cuerpo azul turquesa, crespos amarillos, una sonrisa reticente y un sexo responsable; entonces lo metí en una pequeña caja de balso y vidrio, lo llevé bajo el brazo a la Galería, y me fui volando al mar de los wayú.

Cuando llegué a Riohacha encontré un mensaje de Tamara que me pedía con urgencia un texto sobre el Diablo para el catálogo. En ese momento la temperatura era ideal para pensar en Buziraco pero debía partir de inmediato en una performance curativa al Cabo de la Vela, una tierra árida que el sol enciende a temperatura de infierno y hace que las piedras suden sal y eructen lagartijas azules. Ese mismo día fui hasta Manaure y puse sobre mi cabeza una torta de terrones de sal, atravesé el salitroso erial sembrado de espinos, que apenas dan sombra a las arañas y a las cabras, y llegué hasta el cerro del Pilón de Azúcar. Con el cerebro hecho una sopa de pescado vislumbré con asombro un horizonte reverberante que producía un espejo blandito de apariciones: mujeres desnudas con la cara y las manos pintadas de negro corrían en círculo sobre el salar enrojecido, un enjambre de libélulas convirtiéndose en esqueléticas palomas de Escher sobre el cielo de piedra turquesa, y un barco de velas rotas despedazándose contra los acantilados de la montaña de azúcar.

Tamara no tendría en días mi respuesta porque en esa ranchería donde pasaba las noches no había forma de invocar a Google, el demonio que todo lo sabe. Además, bañado de estrellas y media luna, intenté escribir sobre papeles humedecidos por el sudor pero mi lengua estaba momificada y mi mano sólo servía para espantar zancudos y rascarme. Tenía el cuerpo como pescado seco y la boca llena de sal.

Dioscórides. 
Guajira- Cabo de la vela- Colombia- octubre 4 de 2011.
Dioscórides Pérez-
Profesor Titular-
Escuela de Artes Plásticas -
Universidad Nacional de Colombia- Bogotá.

"Considerar los demonios como demonios, he aquí el peligro.
Saberlos vanos, he aquí el camino.
Considerarlos "tal como son", he aquí la liberación.
Conocerlos como padre y madre, he aquí su fin.
Admitirlos como creaciones del espíritu
los transforma en ornamento.
Conocidos estos usos, el Todo es liberado."
Milarepa
Fin


miércoles, diciembre 09, 2015

Vistazo Crítico 136: 5 aproximaciones desde la gráfica.


5 APROXIMACIONES DESDE LA GRÁFICA.
Centro Cultural y Educativo Español “Reyes Católicos”.

Es una apuesta importante realizar una exposición sobre el asunto de la gráfica, sobre todo cuando entendemos por esa palabra una técnica que se ha emparentado tradicionalmente al grabado. Pero en esta ocasión esta exposición curada por Anne-Marie Blondeau, reúne cinco artistas que asumen la gráfica particularmente en el dibujo pero sobre diferentes soportes: pedazos de pintura de pared (García), hojas cuadriculadas de cuadernillos de notas (Cubides), fotografía (Jurado), tela (Aguirre) y papel (Esquivia-Zapata). Sobre este aspecto Blondeau afirma:

“De un grafismo se intuye inextricablemente un soporte, con una salvedad: la real complejidad se encuentra en el entendimiento sobre si la primera línea, ese desplazamiento del punto, fue proyectada primero sobre una superficie o se proyectó inicialmente en la imaginación del artífice. El huevo o la gallina.”

En efecto tal como lo afirma la curadora, el soporte es fundamental para ese grafismo que se instaura como un trazo que da consistencia a una idea; parte fundamental de toda aventura estética. Cinco artistas con cinco obras de calidades formales y conceptuales muy diversas y desiguales, pero creo que un proceso curatorial de esta envergadura, la igualdad es lo que menos se busca. Como se trata de realizar un vistazo crítico que rinda honor a esta aventura estética, resaltaré algunas obras más que otras; pero no sin antes anotar, que el CUEE Reyes Católicos, logra ya inscribirse dentro del circuito de las artes en Bogotá, con excelentes exposiciones que poco a poco hacen de este lugar un sitio obligado para el amante de las artes y sobre todo porque la exposición tiene una sala muy bella que en esta ocasión se ha sabido explotar.

Lía García. Escombros (2015)

Comencemos entonces por una de las obras que a mi juicio es de las mejores de la muestra “Escombros” (2015) de la artista Lía García. La artista realiza unos sutiles dibujos de casas que conforman esa arquitectura informal de las periferias de nuestras ciudades. Una arquitectura irregular que se va edificando poco a poco sin control urbanístico alguno generando una estética de la precariedad que en ocasiones son demolidas pues son construidas sin ninguna norma de seguridad y por instalarse en las laderas con peligro de deslizamiento. La artista ha escogido como soporte de sus obras, el desprendimiento de la pintura que cubría las fachadas de dichas construcciones. Capas sobre capas de pintura han creado un “territorio” plástico que la artista sabe explotar, configurando una imagen poco usual dentro del dibujo e insistiendo en la fragilidad de las construcciones e incluso del dibujo. Así cada pieza irregular rompe con “la promesa del recuadro”, bella expresión acuñada por mi colega Pablo Acosta, convirtiéndose en una especie de isla o mapa sobre el cual emergen esas construcciones.

“ En esta obras –dice la artista-, se hace referencia a esa arquitectura que se sale de la planeación urbana, para muchos indebida y desordenada, pero que constituye nuestro horizonte, que baña las montañas de una geometría  no euclidiana, y que rodea los grandes edificios capitalinos constituyendo el marco y los límites de la ciudad, como un organismo vivo y creciente.”

Esta reflexión viene reforzada con una experiencia donde el espectador podía construir su propia ciudad a partir de un sello donde la matriz de la estructura lineal de esas casas se agolpa poco a poco llenando la superficie de una hoja en blanco dispuesta sobre una mesa. La hoja el espectador podía llevársela o dejarla pegada en la pared. Esta obra tiene una fuerza conceptual y formal en este tipo de experiencias donde la gráfica se reduce a un virtuosismo sin fundamento; por fortuna este no es el caso y logra darle  la exposición de entrada mucha fuerza.

Jorge Jurado, Serie Memorias Imaginadas II, (2013)

La siguiente obra que destaco es “Serie Memorias Imaginadas II” (2013) de Jorge Jurado.  Fotografías en blanco y negro de su archivo personal, sirven al artista para realizar con acrílico una serie de siluetas que reactualizan la imagen. Reconocemos la Cartagena de los años setenta del siglo pasado como escenario de esas fotos en las que surgen una silueta de un individuo y otras formas dentro del universo pop, en la que los colores planos contrastan con la imagen fotográfica de la ciudad que terminan configurando la nueva imagen. Jurado nos dice sobre su obra lo siguiente:

“Siempre han estado presente las composiciones contrastantes, yuxtapuestas, en una clara confrontación de imágenes y colores; esa característica plurivalente que conforma la vida del hombre de hoy. Una sección de colores reminiscentes del arte pop refleja la influencia que tuvo el mundo de los comics durante la infancia. Convirtiéndose aquellos en protagonistas de una actitud de situación importante dentro de la composición”.

La memoria entonces se reactualiza mediante un procedimiento sencillo pero eficaz generando una nueva vida a esas imágenes que en ocasiones podrían quedarse en el olvido. Así adquieren una nueva vida y además posibilitan al espectador un referente formal para construir su propia historia, que si bien es abierta logra abrir imágenes diferentes a las del punto de partida.

 
Santiago Cubides, "Cuaderno-Bitácora de Seres Improvisados, (2011-2012)



Santiago Cubides Gutiérrez y su obra “Cuaderno-Bitácora de Seres Improvisados” (2011-2012) es otra de las  destaco. Existe un rigor del científico y el desenfado del niño. Una serie de dibujos (808) realizados, sobre una libreta de apuntes de hojas cuadriculadas, concienzudamente durante todos los días desde el 11 de noviembre del 2011 hasta el 5 de octubre del 2012. Cada hoja viene sellada con la fecha en que se realizó este diario ilustrado poblado por seres irreales y fantasiosos propios del mundo de los comics. Cada hoja es un universo donde 

aparece un personaje que se convierte en el gran protagonista de una historia aún por escribir. Cada dibujo está enmarcado y dispuesto uno al lado del otro, uno sobre otro, generando un muro-ventana donde se puede observar una cantidad de personajillos que tocan en ocasiones lo caricaturesco. El artista nos cuenta lo siguiente sobre su obra:

“… el oficio del dibujante que registra los datos de lo acontecido durante las “guardias” en el periplo habitual de cada día (el dibujante protagoniza al guardián, al testigo, al reportero, al cómplice, al observador que con ojo místico lo ve “todo” desde una óptica convulsa pero no irreal digna de la ficción que envuelve al artista). Partiendo de esa mecánica, el dibujante se propone registrar el entorno que le rodea haciendo el cuaderno de bitácora de un trip delirante por ese lugar fantástico que se resigna al nombre de “cotidiano””.

Es así como este diario se transforma poco a poco en un bestiario donde esos seres dan paso a un universo donde el día a día se mezcla promiscuamente con la irrealidad, con la fantasía. Así el diario insiste en lo habitual como un habitaculum que según el artista acentúa una relación distinta con la temporalidad y el hecho de ocupar un lugar en este caso, el del plano de representación.

Carlos Aguirre, Reconstruir el tiempo, (2015)

“Reconstruir el tiempo” (2015) de Carlos Aguirre, son dibujos de mediano formato de carboncillo sobre lienzo. Aquí aparecen algunos personajes tomados del universo Facebook donde las selfies, de sus “amigos” le dan pie para realizar unos retratos que recuerdan extrañamente retratos de otras épocas. No solamente porque esos retratos parecen ser de personajes que se han detenido en el tiempo: un personaje con un sombrero a lo Gardel y otra mujer que emerge de las sombras a la manera de un tenebrismo que parece una diva del cine en blanco y negro. Aguirre nos dice al respecto:

“Cuando pienso en cercanías y distancias, es inevitable pensar en los amigos como receptores del afecto y de la manera como ejercemos la amistad y hasta qué punto pensarlos es luchar contra el olvido. El ejercicio de rehacerlos mediante el retrato es, entonces, reconstruirlos desde el recuerdo y el afecto.
Utilizar sus selfies de redes sociales, me lleva al punto de leerlos como prefieren mostrarse, a través de sus máscaras y de sus distancias, y al mismo tiempo construir desde la memoria de las historias compartidas el efecto edificado durante años y de la difícil manera de ejercer esa cercanía en el día a día. Ese día a día que desdibuja y disuelve la imagen en mi memoria, que reconstruyo a fuerza de fragmentos.”

Si bien la parte conceptual es aceptable, no podemos decir lo mismo de la parte formal, que cae desafortunadamente en un virtuosismo que no aporta en nada al asunto del retrato. Carlos Aguirre es un dibujante excepcional pero en ocasiones su maestría le ata al oficio dejando de lado algo que a mi juicio es importante: la técnica al servicio de las ideas. Hoy el asunto del retrato es tratado de mil maneras y Aguirre decidió asumir la más conocida, la más sencilla y la menos problemática. ¿Y me pregunto por qué razón? ¿Quizá ese  “reconstruir el tiempo” se ata inevitablemente a una nostalgia por un pasado representacional que ya no emociona hoy en día? Si bien sus retratos están supremamente “bien hechos” hace falta algo que lleve sus obras a una conceptualización, ejemplo de eso es el trabajo de Oscar Muñoz quien trascendió el virtuosismo del dibujo para problematizar el arte o más recientemente Carlos Alarcón quien usa el dibujo con una técnica impecable o quizá Eduard Moreno quien también es un excelente dibujante. Carlos Aguirre con la amistad que ma ata a él, y espero lo entienda de esa manera objetiva y nada personal, tiene con qué hacer excelentes obras y esperamos verlas pronto. 

Daniel Esquiva-Zapata, Pamela, (2015)


Algo similar, pero menos afortunado, incluso en la técnica, es el caso de Daniel Esquivia-Zapata quien apoyado en un dibujo de muy cuestionable factura, intenta representar un asunto de la intimidad: “Pamela” (2015) es una obra realizada con grafito donde la correspondencia sirve de soporte a una orquídeas que emergen de un follaje realizado con cierta artificialidad. Claro esta imagen romántica es algo mejor lograda donde antes veíamos a un personaje, cuyas extremidades y manos dejan ver un cierto grado de falta de oficio. Sin embargo para no ser tan severo con este joven artista, se le abona el hecho de intentar construir una historia, de tratar de narrar algo, pero la técnica se le convirtió en un obstáculo. Es decir, lo que le sobra a Aguirre le hace falta a Esquiva-Zapata.

Resta aplaudir el interés de su curadora por actualizar la práctica de la gráfica y atreverse a ponerla a dialogar con el exigente contexto del arte contemporáneo. Bravo por ella y por los artistas que de una u otra manera asumieron el reto.

Ricardo Arcos-Palma.
Bogotá, solsticio de luna, 9 de diciembre 2015.














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Los cumpleaños no siempre son dignos de celebrarse, pero el proyecto de Vistazos Críticos Audiovisuales cumple ya siete años de existen...