sábado, marzo 14, 2015

Vistazo Crítico 133: Oscar Murillo: Condiciones aún por titular.

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OSCAR MURILLO: CONDICIONES AÚN POR TITULAR.
Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia.

Oscar Murillo, artista colombo-británico expone su obra Condiciones aún por titular en Bogotá. Comisariada por María Belén Sáez de Ibarra, esta exposición coincide casi simultáneamente con tres grandes proyectos del artista: uno exhibido en el Centro Cultural Daoiz y Velarde en Madrid durante la feria ARCO donde el artista demostró, con obra inédita “¿De marcha una rumba? No, sólo un desfile con ética y estética”, que está muy conectado con las corrientes del arte contemporáneo y estuvo realmente a la altura de la exigencias de este. El segundo en el MOMA de New York, uno de los templos del arte contemporáneo, donde Murillo muestra su obra titulada “Lessons in Aesthetics and Productivity” dentro de la exposición colectiva “The Forever Now: Contemporary Painting” curada por Laura Hoptman donde se hace un paneo de la pintura en el siglo XXI. Y por último en la próxima versión de la Bienal de Venecia comisariada por el curador nigeriano Okui Enwzor quien ha estado al frente de importantes centros y eventos culturales en Europa y Estados Unidos y quien recientemente elogió la presencia de Murillo y su proyecto artístico “Frecuencias” desarrollado en varias escuelas públicas alrededor del mundo principalmente en África y Latinoamérica con la intervención directa de escolares en su telas. Aunque el proyecto aún está en proceso hace prever un éxito anticipado en Venecia. 

Con esto se termina espero, de una vez por todas con el chisme, muy colombiano por cierto, de que Murillo es un artista aparecido e inflado por los intereses de un mercado local que no conoce del arte. Pues la prensa, blogs y las revistas people al peor estilo sensacionalista (qué lastima que la Revista ARCADIA caiga en este tipo de periodismo) se centraron más en rumores sobre la figura y al condición racial y su origen social del artista que en su obra misma; en nuestro medio, de la mano de Halim Badawy, que aunque es un excelente investigador e historiador, parece no estar muy sintonizado con lo que sucede en el arte contemporáneo internacional y Lucas Ospina quien se ha destacado en los últimos años más como un periodista cultural que como artista. Pero bueno para no caer en ese mismo chismorreo y sensacionalismo banal que desplegó una feroz seudo-crítica sobre la obra sin conocerla, reclamo profesional que exigí desde el inicio del affaire Murillo en Colombia, desarrollaremos este vistazo crítico destinado a ver y analizar la obra de uno de los artistas más importantes del momento. Pero antes hay que aclarar algo, rigor profesional lo exige, que para realizar este vistazo crítico fue necesario visitar la exposición al día siguiente de la inauguración, pues todos sabemos que durante la inauguración y además de un artista tan mediatizado como Murillo, atrajo mucho público dónde no faltaron los incautos espectadores que confundieron su obra con la de la artista Vicky Neumann  que inauguró también su obra al mismo momento.



Al entrar en la sala de exposiciones donde está exhibida la obra “Condiciones aún por titular” nos encontramos frente a una mesa metálica con un orificio  en unos de sus extremos que sirve de sifón. Esta mesa parece estar cubierta de un mantel y de hecho semeja una mesa dispuesta a un banquete. Pero inmediatamente pensamos en esas camillas que sirven para realizar las autopsias donde trabajan los médicos forenses, sobre todo cuando vemos descubierta la otra mitad. Pero ahí no hay cuerpos sino una gran tela negra conformada por retazos. En la tela hay varios matices de negro y grafismos propios del raspe y gane: un signo distintivo en la obra de Murillo. La tela está cuidadosamente doblada en sí misma tapando buena parte de la mesa-camilla y dejando al descubierto la otra mitad donde está el sifón. La lectura es más que clara y evidente: un cadáver, donde el negro como color predominante será sometido o ya lo fue a una autopsia. Las condiciones de lectura están dadas y condicionadas de entrada. Nosotros como espectadores no podemos hacer una lectura diferente a la asistir a espacio donde la necrología se relaciona con el arte, en este caso con la pintura pero al mismo tiempo con las tensiones culturales que nos atraviesan. ¿Cuál es el cadáver? ¿La pintura? ¿La condición de lo negro y lo oscuro como el color de incomprensión y que ha materializado una cierta idea del mal opuesto a la pureza y lo inmaculado de lo blanco, que ha simbolizado durante siglos la esencia de la exclusión racial y la esencia de la riqueza con las plantaciones de azúcar ? Por ahora es un poco aventurado responder estas preguntas, pero sigamos el recorrido que nos plantea el artista. 


Otra camilla metálica soporta una tela similar a la anterior. A sus patas, en el suelo, una gran tela negra plegada y doblada con cuidado, crea un diálogo entre este objeto y el anterior que hemos descrito. Aparece una especie de proceso lineal donde las telas van tomando la forma de pieles. Al fondo de la sala un gran tela formada de retazos, igualmente conformada de matices de negro; con un agujero rectangular recortado parece una especie de ventana. La tela está suspendida del techo desde dos extremos. Aquí sobre todo en esta pieza, la pintura deviene objetual casi escultórica. Podemos ver sus dos caras y los pliegues que forma.


Encontramos otras telas colgadas de la pared. Una de ellas con más colorido que parece ser una piel animal colgada del techo. Otras pinturas, similares a las negras del suelo están colgadas o “mal colgadas” adrede. Lo que genera una especie de cuestionamiento a la idea de pintura como objeto decorativo, los marcos y cuadros han desaparecido. Estas pinturas negras de Oscar Murillo, crean una extraña coincidencia con las de Goya e insisten en un relato para nada consensual y para nada agradable. Aquí hay una respuesta, un alegato que instala un verdadero disenso. No son obras que desean seducir al espectador. Por el contrario hay una especie de rechazo. Siniestro diría Freud sin lugar a dudas, es decir, extrañamente familiar. Es en estos términos que la obra de Murillo se deja atrapar: nos atrae porque encontramos en ella algo de “familiar” pero al mismo tiempo nos rechaza pues es “extraña” en esos relatos de familia. 





Otras piezas como “Retirada” situada en el lado opuesto de la sala nos hablan de esas historias de familias: por una lado la historia familiar de Murillo que es de una u otra manera la historia de los trabajadores en Colombia descendientes de esclavos e indígenas y la historia de otra familia los Caicedo descendientes del Alférez Real de Cali que en 1600 eran dueños de grandes extensiones de tierra con sus habitantes valga la pena recordarlo; los Caicedo obtuvieron en la época Republicana cédulas reales por mayorazgo los que les hacía acreedores de la Hacienda La Paila que colindaba con sus antiguas propiedades donde hoy están los municipios de Zarzal, Bugalagrande, Andalucía, Caicedonía y Génova. En la época moderna, desaparecida buena parte de esa heredad colonial el descendiente de los Caicedo aún con poder económico compra grandes terrenos cercanos al Río Paila donde traslada su empresa Ríopaila que en 1931 conoce su primera huelga de trabajadores de cortadores de caña. Los ingenios azucareros herederos de la economía colonial tenían y aún tienen hoy fuertes lazos con el esclavismo. Resta ver las huelgas de trabajadores de coteros de caña en la región que ya el artista Fabio Melecio Palacios había trabajado en su obra. De esta manera los Caicedo devienen los fundadores de una de las empresas más exitosas en Colombia y el exterior fundada en plena hegemonía conservadora en 1927, en la misma época en que José Eustasio Rivera escribiera La Vorágine (1924), obra magistral que narra el problema del trabajador en las cuacherías selváticas y cuando el presidente conservador de Colombia Miguel Abadía Méndez se disponía a sofocar el movimiento obrero y cerrar los ojos frente una de las represiones más feroces y atroces dentro de la lucha obrera en Colombia conocida como "La Masacre de las Bananeras" en Urabá (1928), es decir en pleno periodo conocido como “La danza de los Millones", donde la propiedad privada desconoce los derechos fundamentales de los trabajadores.



Volviendo a “Retirada”, vemos unos formularios de empleo de la empresa Colombina S.A. fábrica de dulces instalada particularmente en el Valle del Cauca, que se instala en 1968 en el Corregimiento de La Paila del Municipio de Zarzal en el Valle del Cauca, con población mayoritariamente negra. Población de donde proviene la familia de Murillo. Intervenidos con unas cuadriculas rojas, que aparecen con mucha frecuencia en la obra del artista. Ya es una constante si recordamos su intervención en la BIACI en Cartagena, cuando él dispuso unos pliegos de papel en el suelo sujetados en cada uno de sus extremos con masas de maíz. Ahí parecían esos grafismos que parecen baldosas, sacadas de un juego de ajedrez o damas chinas. La idea del raspe y gane como una especie de apología del juego de azar y del Chance, está aquí implícita, donde la suerte parece ser la única opción de futuro. Vemos una fotografía de una mujer negra y reconocemos a la madre del artista quien fuera empleada de esta empresa de dulces.

Al entrar a la pequeña sala contigua, vemos una serie de piezas que aluden a los trabajadores de la empresa: overoles blancos colgados de ganchos de ropa en un ropero metálico. A sus espalda vemos una imagen estampada que Murillo ha utilizado ya como un símbolo muy propio: un corazón negro, con ojos rosa que parecen una máscara y un corazoncito rojo cerca de uno de los ojos. Otros overoles están en el suelo, cuidadosamente doblados como aludiendo a esos personajes  “retirados” de sus empleos. Una serie de dibujos y tiquetes enmarcados en vidrio de seguridad reposan en el suelo contra la pared en un rincón de la sala: ahí vemos un chef de cocina negro en un anuncio publicitario “Cream Wheat”, Cheesse Bread” “Moca". Retirada alude a la idea de la precariedad del empleo y a una salida precabida de una condición dificil.



 

Es necesario ahora recordar la primera exposición individual de Oscar Murillo en New York quien utilizando de manera muy inteligente a la empresa Colombina S.A. logró abrir su fábrica de dulces en la galería del barrio Chelsea en Manhattan de David Zwirner. El artista llevó varios de los trabajadores de esta empresa que fabricaron los dulces que normalmente la compañía produce. Aquí Murillo puso el dedo en la llaga y de ahí despertó amores y odios en su país de origen Colombia. Su obra desde el inicio es un cuestionamiento al problema de la globalización, la precariedad del empleo  y a las condiciones lamentables de los trabajadores en el mundo y en particular en nuestro país que aún están sujetos como objetos dentro de una economía feudal que remonta a la idea de la propiedad privada con fuertes raíces coloniales. Al instalar esa fábrica en el corazón del arte y en el centro del mundo capitalista, Murillo abre una puerta sobre el asunto del consumo en una sociedad donde aún los placeres de unos vienen mediados por la precariedad y el malestar de otros. Esto no lo entendió el famoso crítico de arte Jerry Saltz,  aunque su esposa Roberta Smith fue un poco más complaciente con esta obra. Pero lejos de los testimonios de los eminentes críticos del arte newyorkinos, que no se dieron cuenta que el sabor (de la explotación) es infinito; por lo tanto la obra de Murillo continuó despertando mucho interés y particularmente en mí.


“Condiciones aún por titular” es una bofetada a una sociedad “racista y clasista” como la colombiana tal y como lo dijo el artista el día de la inauguración de su exposición. Por lo tanto es comprensible que sea una obra incomoda, difícil de digerir  y aún difícil de asimilar y “convencer”. Hay una imagen enmarcada por una ventana en la sala de exposiciones: una reproducción de un cuadro que representa a un niño negro que sostiene un planto lleno de pescado. Esta imagen Murillo la encontró, según sus propias palabras, en una lugar burgués al norte de la ciudad. Y se convirtió en el detonante de esta exposición, que es una de las más contundentes políticamente hablando de este comienzo de año en Colombia y quizá de los últimos tiempos junto a obras de José Alejandro Restrepo por supuesto y de la generación posterior como Fernando Pertuz, Nadia Granados, Germán Arrubla, José Orlando Salgado y Álvaro García Ordoñez. Ahora si quizá usted lector, pueda responder las preguntas que enuncié al final de tercer párrafo de este vistazo crítico u otras que usted mismo se haga. Para concluir, esta exposición es una excelente reflexión plástica sobre el estatus de la pintura contemporánea y con una fuerte carga conceptual en la relación arte y política.

Ricardo Arcos-Palma
Bogotá, 14 de marzo del 2015.

Recorrido por la exposición de Oscar Murillo en Vistazos Críticos:


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